El domingo 21 de junio 41 millones de colombianos debían acudir a las urnas para elegir a la fórmula presidencial (presidente y vicepresidente) para el periodo constitucional 2026 – 2030 en el marco de una segunda vuelta altamente polarizada entre derechas e izquierdas. Cabe precisar que en esta jornada electoral participaron casi 26 millones de electores cifra que representa el 63% del padrón electoral, los mismos que sufragaron en las 122,020 mesas de votación que la administración electoral colombiana instaló para esta jornada.
Además, el voto blanco alcanzó el 1,63%, las papeletas no marcadas representaron el 0,11% y el voto nulo apenas obtuvo el 0,83%. Eso quiere decir -si comparamos las cifras con las de la primera vuelta- que la participación electoral creció en 5% y eso es algo muy bueno para la democracia colombiana. En otras palabras, los colombianos no solo se volcaron a las urnas, sino que al final de la jornada decidieron optar por una de las dos candidaturas en competencia.
Los resultados
Al respecto, la Registraduría Nacional del Estado Civil (en adelante, Registraduría), organismo electoral encargado de la organización del proceso, ha emitido resultados preliminares al 99,9% (pre conteo) indicando que el ganador de la segunda vuelta es el ultraderechista Abelardo De La Espriella (49,66%, creció 6 puntos) quien se impuso al izquierdista del oficialismo Iván Cepeda (48,70%, creció 8 puntos). Eso quiere decir que si bien la candidatura de Cepeda fue la que más creció en el balotaje eso no le alcanzó para que el oficialismo retenga el gobierno por 4 años más.
La segunda vuelta más reñida de la historia
Ahora bien, si uno revisa la historia política de Colombia podrá encontrar cuatro antecedentes precisos de elecciones que se definieron por pequeños márgenes. Las presidenciales de 1970, en las que Pastrana Borrero superó a Rojas Pinilla por 1,6% de las papeletas; y las de 1978, en las que César Turbay venció a Belisario Betancur por 2,7%. Luego, con la entrada en vigencia de la nueva Carta Política de Colombia, la misma que incorporó la figura electoral del balotaje en su constitucionalismo, registramos la segunda vuelta de 1994, cuando Ernesto Samper se impuso ante Andrés Pastrana, con una diferencia apenas superior al 2%. Y, finalmente, hace 4 años, la segunda vuelta en la que el presidente Gustavo Petro venció a Rodolfo Hernández por poco más de 3 puntos.
Sin embargo, con el 99,9% de las mesas informadas en el conteo preliminar, la diferencia entre ambos candidatos es de apenas 0,96% por encima De La Espriella, es decir, poco menos de un punto porcentual de margen. O, en otras palabras, 250,830 sufragios. Eso quiere decir que estamos ante una segunda vuelta histórica pues es la primera vez que el ganador obtiene menos de la mitad de los votos desde la primera elección presidencial de 1994 organizada al amparo de la actual Constitución. Debiendo recordar que el único candidato capaz de ganar en primera vuelta (por partida doble) fue el ex presidente Álvaro Uribe en 2002 y 2006.
La fotografía electoral
Pero más allá de los datos históricos lo cierto es que cada proceso electoral, sobre todo los balotajes, nos dejan fotografías que nos permiten apreciar cómo se mueve el tablero político de un país. En este caso el apretado triunfo del ultraderechista De La Espriella en el conteo preliminar, consolida una tendencia que ya se había registrado en la primera vuelta: Colombia es un país políticamente partido por la mitad, con una izquierda unida en torno al Pacto Histórico, una derecha que se tira al extremo, unos partidos tradicionales que se vienen acomodando al costado del nuevo oficialismo sin ser protagonistas y un centro democrático que ha sido literalmente licuado en las urnas. En esa línea, esperemos que el virtual presidente comprenda que deberá ser el mandatario de todos los colombianos, gobernando para todo el país, algo que el presidente Gustavo Petro nunca logró comprender en sus 4 años de gobierno.
Cuatro apuntes electorales
Dicho ello, consideramos oportuno subrayar 4 apuntes electorales que consideramos relevantes de cara al futuro de la política en Colombia:
En primer lugar, es importante reconocer que De La Espriella será el primer presidente de derecha en Colombia que no ha salido ni de las canteras del Partido Conservador ni de círculo hegemónico uribista. De La Espriella es la expresión de un movimiento posuribista, populista y anti institucionalista que presenta símbolos, discursos y estrategias comunicacionales similares a los de otros presidentes regionales como Donald Trump, Nayib Bukele, Jair Bolsonaro o Javier Milei.
Sin embargo, una vez alcanzada la victoria, De La Espriella deberá probar qué tan lejos puede llegar a cumplir sus promesas de campaña de convertir a Colombia en una “patria milagrosa” que, apuesta por una moderna economía extractiva, una política de seguridad ciudadana de mano dura, un decidido recorte de burocracia (achicar el Estado lo más posible) y una disminución progresiva de impuestos para impulsar la libertad de empresa y la generación de más puestos de trabajo. Se trata de una pregunta válida, más si se tiene en cuenta que más de la mitad de los electores decidieron no apoyar su candidatura en el balotaje. Ello es así cuando sumamos los votos que obtuvo Cepeda más los votos de quienes sufragaron en blanco o nulo.
En segundo lugar, si bien Cepeda no logró remontar la diferencia de 650,000 votos a favor del candidato ultraderechista en la primera vuelta, lo cierto es que sus casi 12,7 millones de votos certifican que el presidente Gustavo Petro, primero, y Cepeda, como su candidato en estos comicios, han convertido al Pacto Histórico en la fuerza política mejor organizada del país. Decimos ello porque Cepeda no solo obtuvo más votos que el mismísimo Petro en 2022, sino que también sumó 3 millones de votos adicionales a los que alcanzó en la primera vuelta.
Ahora, a Cepeda le tocará asumir el papel de líder de la oposición en el Senado. Desde allí, como ya lo hizo durante la presidencia de Juan Manuel Santos (2010 – 2018) e Iván Duque (2018 – 2022) deberá convertirse en la voz del movimiento popular para hacerle frente a los recortes y las contrarreformas anunciadas por De La Espriella en el campo social y laboral, por ejemplo. Cepeda deberá demostrar que es capaz de seguir consolidando la fuerza de una izquierda unificada. ¿Podrá hacerlo sin los recursos con los que contaba cuando representaba al partido de gobierno? Esa es la pregunta que deberá responder Cepeda si aspira a que el Pacto Histórico consolide su presencia a nivel nacional desde la oposición al nuevo gobierno.
En tercer lugar, dado el estrecho margen que presentó esta segunda vuelta, cobra una gran importancia el voto de los colombianos residentes en el extranjero. En este balotaje, sufragaron 614,000 electores, aglutinados básicamente en Estados Unidos y España, donde se encuentran los principales bolsones de migrantes colombianos. Es cierto que este grupo de votantes representan el 2,5% del padrón electoral general, pero en una segunda vuelta con menos de 1% de diferencia entre De La Espriella y Cepeda, cómo negar la importancia de un nicho electoral que terminó pesando tanto como toda la población electoral del departamento de Huila.
En cuarto lugar, debemos resaltar que la participación electoral en este balotaje (26,3 millones) marca un récord desde que Colombia tiene sufragio universal. Atrás quedó la marca que tuvo la competitiva segunda vuelta de 1998, entre Pastrana y Serpa, en la que participó el 62,59% del padrón nacional. Este dato habla, como ya lo indicamos, de una ciudadanía que se moviliza y participa de manera decidida en los balotajes. Más cuando se trata de elecciones marcadas por un alto nivel de polarización ideológica. En esa misma línea, también es necesario indicar que, si bien el voto en blanco alcanzó un 1,62% de todos los sufragios, este porcentaje es casi el doble de la distancia entre De La Espriella y Cepeda. Ahora, es cierto también que el voto en blanco tuvo mayor presencia en circunscripciones como Caldas (2,19%), Antioquia (2,16%) y Bogotá (2,14%). Se trata pues de un electorado que cobrará una gran relevancia en un país partido ideológicamente por la mitad.
Apunte final
Dicho ello, no puedo cerrar esta columna sin hacer referencia a lo anunciado por Cepeda en relación a la impugnación de los resultados de 33,000 de las 122,000 mesas que su organización pretende llevar a cabo. Es decir, lejos de reconocer democráticamente su derrota, busca llevar el proceso electoral de las runas a los tribunales. Es cierto que la legislación colombiana lo permite. Sin embargo, es preocupante que tanto él (ahora) como el presiente Petro (desde la primera vuelta) pongan en entredicho los resultados del conteo preliminar de la Registraduría de Colombia cuando los mismos han sido siempre infalibles, incluso haciendo referencia (sin sustento) a un posible fraude.
Por ello, finalizo esta columna haciendo alusión -nuevamente- a la campaña que implementó la Registraduría de Colombia denominada “En estas elecciones yo respeto el resultado”, que para esta segunda vuelta estuvo basada en conceptos de alto contenido democrático:
- Anoche estuvimos unidos por 90 minutos. Que el día de las elecciones no nos separe.
- Porque una elección puede mostrar nuestras diferencias, pero nunca ignorar lo que nos une.
- Este domingo tenemos otra oportunidad de demostrar que estamos unidos para apoyar las reglas de la democracia y la decisión de los colombianos.




