La victoria pírrica de Keiko Fujimori, por Alfonso López Chau

Adrián Moscoso
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Artículo de opinión publicado originalmente en «Visión Holística» por Alfonso López Chau.

Las palabras suelen flotar en el debate político peruano con la ligereza de la hojarasca, pero hay mañanas en las que una sola frase logra condensar el peso entero de una época.

Ocurrió en el discurrir de una conversación que ya es referencia obligada: el periodista César Hildebrandt dialogaba con el Dr. Alfonso López Chau. El exrector de la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería) y ha sido director del BCR (Banco Central de Reserva, 2006-2013), un hombre cuya solvencia académica y finura cultural suelen contrastar con la estridencia del asfalto político, arrojó sobre la mesa un diagnóstico fulminante. Mirando el desenlace de la extenuante segunda vuelta, sentenció que la obtención de la presidencia por parte de Keiko Fujimori no era otra cosa que una victoria pírrica.

La frase ha quedado resonando en las plazas, en los cafés y en los hogares de un Perú que despierta exhausto. El ciudadano de a pie, atrapado entre la incertidumbre del bolsillo diario y el estruendo de los noticieros, se pregunta con legítima sospecha qué significa realmente ese eco lejano que viene de la historia antigua, y qué consecuencias prácticas tendrá sobre sus vidas cotidianas.

“Gobernar un país fraccionado simétricamente a la mitad no es un triunfo; es una colosal carga de demolición institucional si no se entiende la fragilidad del momento.”

Para entender el calibre de la advertencia de López Chau, es preciso desmenuzar el concepto más allá de la fría definición enciclopédica. Viajemos veintitrés siglos atrás. El rey Pirro de Epiro logró vencer a los romanos en la batalla de Ásculo, pero el costo fue devastador: perdió a sus mejores generales y a la columna vertebral de su ejército. Al contemplar el campo de batalla cubierto por los cadáveres de sus propios hombres, el monarca pronunció una frase inmortal: “Otra victoria como esta y estaremos perdidos”. El triunfo, por tanto, fue una ilusión óptica; el peso del sacrificio anuló por completo el beneficio de la conquista.

Traspolado al tablero nacional, el paralelismo es estremecedor. Keiko Fujimori ha alcanzado finalmente el esquivo sillón de Pizarro, pero lo hace tras cruzar un páramo de polarización absoluta. Ha ganado la banda presidencial, sí, pero ha perdido la gobernabilidad en el trayecto. No estamos ante una victoria holgada que otorgue un cheque en blanco, sino ante un empate técnico de voluntades donde prácticamente el 50% del electorado ha votado explícitamente en contra de su propuesta. Gobernar un país fraccionado simétricamente a la mitad no es un triunfo; es una colosal carga de demolición institucional si no se entiende la fragilidad histórica del momento.

Llevado al terreno de la composición y la metáfora, el panorama actual del Poder Ejecutivo no se asemeja al inicio de un mandato glorioso, sino a la penosa travesía de un barco cuyo capitán celebra con champaña en la cubierta mientras ignora que el casco está perforado exactamente al 50%. La mitad de la tripulación no confía en el rumbo y mira el horizonte con abierta hostilidad. Es, asimismo, la herencia de un trono de cristal trizado: cualquier movimiento brusco, cualquier intento de imponer una agenda maximalista o de revanchismo político, terminará por quebrar la estructura entera. Se pretende edificar un gobierno sobre arenas movedizas sociales, donde la legitimidad jurídica de los votos no se condice con la legitimidad real de la calle.

El costo real de haber “ganado” bajo estas condiciones es el desgaste prematuro. Una victoria pírrica despoja al vencedor de su activo más valioso en la gestión pública: el beneficio de la duda. El nuevo gobierno no tendrá la tradicional luna de miel; nace con las alarmas encendidas y con una oposición social que fiscalizará cada nombramiento y cada decreto con el ceño fruncido. Cuando López Chau introduce este matiz literario y académico, nos está advirtiendo que el poder formal es un cascarón vacío si no está respaldado por un mínimo de cohesión nacional.

Mientras tanto, la ciudadanía se mantiene expectante, sumida en una tensa calma. El peruano común no vive de abstracciones históricas; traduce la “victoria pírrica” en el temor a que la parálisis política ahuyente la inversión, en que la falta de consenso en el Congreso congele las reformas urgentes y en que el eterno conflicto en las alturas termine por desangrar, una vez más, la golpeada economía familiar.

El gran desafío de este tiempo no le pertenece únicamente a quien ostenta el poder, sino a la población civil que observa el escenario. Nos toca descifrar que la democracia no se agota en el conteo de las actas electorales, y que un país partido en dos exige madurez para no caer en el abismo de la ingobernabilidad. Keiko Fujimori va a entrar al palacio, pero la sombra de Pirro caminará a su lado. De su capacidad para comprender que su triunfo tiene el peso de una derrota y de la vigilancia de una sociedad que urge estabilidad, dependerá que el Perú no termine de romperse.

* Las opiniones y análisis expresados en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor. Su contenido NO refleja la posición editorial de Maz Media TV y busca fomentar la reflexión y el debate sobre la coyuntura nacional.

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